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Capítulo 3

Un descubrimiento fuera de lo común

Finalmente, decidieron que lo mejor era ir todos caminando hacia allí para buscar ayuda. Al cabo de muchos minutos de paso incesante, el sol incrementaba el agotamiento de la caminata, pero callados avanzaban igual, con incertidumbre; al fin y al cabo, no disponían de más opciones. Poco a poco, fueron distinguiendo que aquello era un grupo de gente hablando y otros a caballo, eso los tranquilizó un momento. Al acercarse un poco más, luego de la larga caminata, ya se veía claramente una gran reunión de gente dispersa a lo largo y a lo ancho del horizonte. Al principio, vieron familias sentadas en bancos de madera, niños corriendo, tiendas, toldos de paja con mesas y, separados en distintos grupos, gentes bajo árboles y otros bajo unas lonas atadas entre ramas para resguardarse del sol. También olía a comida, procedente de diversas humaredas de parrillas en el piso, grandes y pequeñas. Parecía como un día festivo de campo, un gran picnic o algo así. Por supuesto que los niños en toda su vida no habían visto semejante escena, ni en películas. Sobre todo, por la vestimenta de la gente, hombre y mujeres con sombrero o pañuelos en la cabeza y ropa extraña para ellos. Asombrados, se miraron de reojo y no lograban discernir si este hallazgo resultaba bueno o malo.

–Hola, buen día –dijo Nahuel a un grupo de hombres que charlaban muy distendidos sentados en una mesa de madera–. Soy Nahuel Walkers, estoy con mi familia, tuvimos un problema con mi vehículo y entonces…

–¿Cómo están, amigos? –irrumpió don Aurelio, un lugareño.

–Sí, ellos son unos forasteros perdidos –le contestó uno de lo hombres sentados.

–Ah, sí… –dijo Nahuel desconcertado.

 –Sí, sí, los noto bastante desorientados, pero vengan, relájense un poco, podemos hablar más tranquilos por allá, les convidaré con algo mientras tanto –invitó don Aurelio, uno de los coordinadores de la reunión.
Fueron llevados a una tienda de paja, la familia quedó como petrificada mirando a unos niños que pasaban a unos metros caminando sobre una suerte de zancos hechos con latas ruidosas atadas a unos hilos, sostenidos por sus manos. Mientras campantes seguían ¡clac, clac, clac!, Aurelio, su tío, les chifló y les dijo:

–¡Lleven a jugar a estos niños que acaban de llegar!

–¡Sí! Vengan –respondió Felisa, mientras se acercaban caminando con los zancos de lata. Estaba acompañada por dos amigas y su hermano. Al ver un poco de preocupación en la mirada de Nur, Aurelio le aclaró con mucha seguridad–: Quédese tranquila, mujer, en este lugar el único peligro que existe es ensuciarse la ropa. –Y lanzó una graciosa risa.

Mientras seguían caminando, les contó que se encontraban en el poblado Llano de Paz, una zona de puestos y tiendas donde todo el año se realizaban actividades comerciales, exposiciones de animales y otros eventos rurales. Pero esta era la celebración más esperada del año, la “Fiesta anual de la unidad de los pueblos”.

Consistía en la reunión de todos los pueblos de aquellas zonas y de invitados de otras provincias y países. Los diferentes grupos familiares y vecinales que participaban aportaban la organización de distintas comidas y juegos. Duraba dos días completos y se promovía el espíritu de compañerismo y solidaridad. Cada grupo familiar o vecinal debía organizar un juego o una comida para compartir. Si lo que organizaban era un juego, debían invitar a varias personas desconocidas a participar en una competencia determinada. Si lo que hacían era una comida especial, tenían que compartir una porción con dos o tres familias que no conocían para establecer un vínculo. Esta celebración se mantenía desde hacía muchas generaciones, el aporte de las familias descendientes de extranjeros le daba un aire muy cosmopolita a la fiesta.

Don Aurelio era uno de los organizadores. Nahuel le contó todo lo sucedido con la esperanza de recibir ayuda. Don Aurelio, mientras lo escuchaba, no interrumpía, saludaba a un lado y a otro a muchas personas y les hacía ciertos comentarios con tono gracioso. Nur se convenció por su parte de que esto se trataba de un tipo de fiesta donde se tenían que disfrazar con motivo de campo o de gente antigua, para recrear estos tiempos. Le pareció una buena idea y, de hecho, muy sofisticada por la calidad de la producción.

Sin poder hablar este tema entre ellos, Nahuel tenía la certeza de que esta era un tipo de comunidad que se apartaba de la sociedad moderna, manteniendo costumbres ancestrales o, tal vez, repudiando la vida tecnológica, porque nadie usaba dispositivos de ningún tipo y temió abrir su pantalla entre ellos. Estos pensamientos llegaron a ser con el tiempo un recuerdo de carcajadas entre la familia. Nur seguía observando la calidad de la ropa de las mujeres y lo bien que estaban confeccionadas. Algunas con vestidos floreados con detalles de broderí y delantales haciendo juego con mangas fruncidas. Otras usaban moños. Se veían también niñas con pecheras negras, enaguas blancas y pompones rojos. Y, para el sol, era inevitable apreciar la abundancia de sombreros coloridos. Por momentos, Nur tenía ante esta experiencia tan particular esa sensación especial que se tiene cuando soñamos.

Cuando Nahuel le preguntó al lugareño si había alguna zona de señal de red, Aurelio se lo quedó mirando con intriga, pero con sencillez le respondió (ayudado por la palabra “señal”):

–Si lo que quiere es comunicarse, tenemos teléfono, pero no está tan cerca, además no creo que alguien lo quiera llevar ahora porque es la hora de comer, ¡una hora sagrada! –dijo con esa alegre calma que lo caracterizaba y lanzó otra de sus risotadas. Y agregó–: Creo que si estaban yendo de vacaciones, han llegado a un buen sitio para disfrutar este día. Vengan por aquí. –Les señaló, mientras caminaban dando la vuelta a una tienda. De golpe, un calor abrasador los envolvió, se vieron frente a una gran ronda de carne asada, puesta en estacas que rodeaban un enorme montón de brasas de carbones ardientes y leñas crepitantes. Sobre estas estacas, en posición levemente inclinada hacia el fuego, había costillares vacunos, cerdos, chivitos y corderos. Por aquí y por allá, unos cuatro ayudantes mantenían las brasas y estos le comunicaron a don Aurelio que ya estaba casi todo listo.

–Desde las doce y media del mediodía ya todos pueden comenzar a intercambiar comidas y alegrar sus paladares, pero tradicionalmente todos esperan el anuncio que hacen los músicos del pueblo –le aclaró Aurelio a sus recién llegados.

A los pocos minutos, se oyó a lo lejos una campana, como si fuera de una iglesia. Al momento, se le añadieron estruendosos bombos, luego se le sumaron platillos y aceleraron en un ritmo alegre y, para completar la música, algunos instrumentos de cuerda y viento formaron una sinfonía portentosa.

Un poco más lejos, tenían una colosal parrilla que exhibía un colorido popurrí de verduras asadas como espárragos, berenjenas, hongos, pimientos rojos, amarillos y verdes. También ajíes, calabazas rellenas, zanahorias, tomates y, separados de estos, había duraznos, manzanas y grandes rodajas de pan. En este punto, se podía escuchar un delicioso sonido de todos los alimentos asándose. Llamó a los invitados desde lejos y los hizo pasar entre las parrillas para acercarse a una de las mesas. Tomó una formidable cuchilla que, con solo mirarla, sería capaz de contarnos largas historias sobre asados y fiestas. Dio la orden de que comenzaran a cortar y servir. Tomó un tenedor limpio y escogió una gran porción de costilla que chirriaba con el ardiente calor, le pasó un corte fenomenal y levantó un abundante trozo de tierna carne. La sirvió acompañada de unos cuantos vegetales, que tenían algunas partes algo quemadas.

A Nur le produjo algo de impresión ver toda esta comida al aire libre, pero se le olvidó rápidamente cuando la probó. La experiencia para los visitantes era tan agradable como desconcertante. Mientras los Walkers se deleitaban, agradecieron enormemente la humanidad y gentileza con la que fueron recibidos. La mesa se fue llenando de gente. En un momento, Nahuel le aclaró a Nur que, luego de comer, descansarían un poco y se marcharían de inmediato de allí. Nur le contestó con una mirada sin proferir palabras. No se entendía qué quería decir, pero cuando estaban a punto de comenzar a aclarar su resolución, llegó Aurelio y les dijo:

–No se entusiasmen tanto porque hay mucho por probar, nos acaba de invitar la familia Sorter para intercambiar con su mesa.

Nur aclaró que iría antes a buscar a los niños.

Akiro y Muri en el bosque risueño

Por su parte, Akiro y Muri habían sido llevados por Felisa, su hermano Jorge y sus amigas a una zona donde se efectuaban numerosos juegos para grandes y chicos.

Esta zona estaba situada dentro y alrededor de un colorido bosque aledaño, al que habían bautizado “el bosque risueño”. Como muchos de nosotros, frente a lo nuevo y desconocido, Akiro no encontró mejor cosa que repudiar y menospreciar interiormente todo esto. Exteriormente, con dificultad, trataba de seguir la corriente, pero no sabía cómo desenvolverse ni qué decir, la incomodidad lo mantenía con el ánimo irritado. Muri se comportaba con total naturalidad, no sentía aversión ni desconcierto, su personalidad flexible se amoldó rápidamente a la situación. El alboroto y el griterío se volvían a cada paso más fuertes. No te puedo describir de golpe todo lo que vieron en esta parte de juegos y competencias, pero fueron muchas cosas irreconocibles e inauditas para ellos. Se enfocaron en varios muchachos que se estaban poniendo unas bolsas de cuero o arpillera en las piernas, eran como unos treinta o más. Felisa dijo: 

–¡Akiro, tú puedes anotarte en la carrera de embolsados, porque mi hermano ya jugó bastante! 

Akiro respondió levantando un poco su mano: 

–¡Nooo! –dijo con tono despectivo.

–¡¡Apúrense!! –gritaba Artemio, un muchacho mayor que los demás, quien organizaba la competencia. Muchos alrededor se acomodaron para ver. Y al estar todos listos, el organizador, muy emocionado, gritó con fuerza–: ¡Preparados… listos… fuera! –Y tocó una campana. 

El vocerío aclamaba: “¡Vamos, vamos, rápido, dale, dale!”, mientras los jugadores saltaban y saltaban hacia delante, con las bolsas que cubrían sus piernas, sujetándolas de los costados a la altura de la cintura. En este punto, Akiro se acercaba lo más posible para ver en qué terminaría esto, se levantó una polvareda fenomenal y muchos espectadores fueron corriendo a la meta para ver al ganador. Dos cayeron al piso y rodaron, uno se levantó y cayó de nuevo. Algunas risas lo terminaron enfureciendo y se fue corriendo del lugar. El otro se levantó como pudo y siguió, aunque al final salió último. En eso, un corredor empujó a otro, fue descubierto por el organizador y lo descalificó de un grito haciéndole señas de que debía salir. Cuando ya llegaban al final, Artemio corrió rápidamente a la línea de meta y se puso al costado para identificar al ganador. Finalmente, Akiro y los demás se acercaron para ver también al ganador, que desde atrás no se reconocía bien. 

Mientras todos los embolsados estaban llegando a la meta, el ganador ya festejaba y Artemio levantaba su mano. Sus amigos lo felicitaban y le fue entregado un premio, en este caso, un balero. Akiro observó el balero tratando de comprender qué era y no se animó a decir nada, hasta que comenzaron a jugar y pudo ver bien de qué trataba la gracia del juguete.

El balero consiste en un cabezal redondo de madera con un agujero y una empuñadura del lado opuesto de donde sale un largo hilo unido a una pequeña vara de madera que debe insertarse por medio de un malabar dentro del agujero del cabezal. Y, aunque parece fácil, deberías probarlo para comprobar que no lo es. Este simple juguete cautivó a Akiro grandemente y le dieron muchas ganas de probar. Se acercó al ganador y vio que entre sus amigos todos querían jugar, se peleaban por jugar un rato cada uno y así estuvieron varios minutos, hasta que por fin se aburrieron y se dieron cuenta de que Akiro estaba mirando y le ofrecieron jugar. El niño se lo dejó y le dijo:

–Toma, tenlo y juega un rato, veré si puedo competir de nuevo.


Akiro primero miró detenidamente y procuró que nadie lo observara, intentó repetir lo que los niños hacían. El movimiento para insertar la vara en el hoyo no le salía muy bien, hasta que, luego de varios fallos, embocó una. Así estuvo todo el tiempo hasta que el dueño volvió y se quedó observando cómo Akiro estaba compenetrado con el balero. 
–Si te gusta tanto, puedes ganar uno, en un par de horas seguirán las competencias –le animó.

Muri se había ido con Felisa y su hermano a observar cómo unas niñas jugaban enfrentadas con un elástico de goma blanco y largo de unos tres metros, que les envolvía las piernas a las dos, mientras otra se encontraba en el medio haciendo unos saltos sobre el elástico. La niña entraba, salía, lo pisaba y comenzaba de nuevo. También lo cruzaba y formaba un rombo. Giraba mirando a una niña y a la otra con un salto, sin perder la forma del rombo, que lo lograba con el movimiento de sus piernas. Estos movimientos tenían que seguir el ritmo y los aplausos de otras niñas que cantaban una canción contagiosa, que en una velocidad cada vez mayor, decía así:

“¡Sale y entra, gira y se peina, se arma el rombo y sigue la vuelta! ¡Se apura y se apura, se agita y despeina! ¡Ella nunca quiere salir de su vuelta!”.

Esta vez, Felisa pidió jugar cuando la otra niña perdiera, pero parecía muy hábil y no terminaba más, hasta que la canción se aceleró tanto que ya ni se entendía lo que decían. Por fin, se le fue una pierna y la niña quedó con una parte del elástico pisada y la otra suelta. “¡¡Perdió, perdió, que salga!!”, le dijeron todas las demás (a quienes no les simpatizó mucho que durara tanto). Muri observó cómo Felisa pisaba las dos partes del elástico con cada pie y giraba una y otra vez, adentro, afuera y pisando los elásticos sin errores. La canción empezaba lento y otra vez se fue acelerando hasta que se le enredaron los elásticos y no podía saltar (duró mucho menos que la otra niña). Cuando salió, le preguntó a Muri si quería saltar, pero ella dijo:

–No, es que no sé cómo se hace.

–Está bien, pero mira y aprende.

Mientras Felisa esperaba que Muri mirara un buen rato cómo se jugaba al elástico, su hermano menor, Jorge, sacó de los bolsillos de un pantalón bermudas que le tapaba las rodillas cuatro piedritas algo redondeadas y de un color marrón translúcido. Felisa lo miró y preguntó: 

–¿Y el cantillo? 

Jorge la miró sin decir nada, solo levantó una ceja y, sin dejar de tener contacto visual en forma desafiante, metió su otra mano en el otro bolsillo y sacó una sola piedra del mismo tamaño que el resto, pero de color azulado. 

–¿Te animas? –le preguntó Jorge. 

–Sí –dijo Felisa y, sin más, se tiraron al piso y se sentaron en la tierra para jugar al juego de los cantillos por un buen rato.


Continúa Capítulo 4: "Resistiendo a la incertidumbre"

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